V. La Física aristotélica
La Física (o Naturaleza) fue el principal objeto de estudio de los filósofos jonios y de otros como Empédocles, Anaxágoras y los atomistas. Parménides consideró a la naturaleza fuente de conocimiento engañoso, (mera “opinión”), pues su filosofía del Ser implicaba una negación de la naturaleza misma. Para Platón la naturaleza no podía ser objeto de ciencia estricta, porque la verdadera ciencia sólo podía ocuparse de Ideas (esencias); la consideraba simplemente fuente de conjeturas, sugerencias o mitos carentes de valor científico. Fue Aristóteles quien dio a la Naturaleza su auténtico valor de fuente para el conocimiento científico. La naturaleza nos muestra seres compuestos de materia y forma, en movimiento. Es una fuente de conocimiento valiosa por sí misma, tanto como puedan serlo las Matemáticas (estudian sólo formas abstraídas de la materia) o la Teología (estudia formas puras que existen independientemente de la materia).
1. La naturaleza (fusis, physis): Aristóteles se ocupa de ella en el libro II de la Física, que comienza con un análisis del concepto de «naturaleza». También se ocupa de ella en Met. V, 4.
«Todo ser natural posee en sí mismo un principio de movimiento y de reposo, tanto respecto al lugar como respecto al crecimiento y decrecimiento o respecto a la alteración […], porque la naturaleza (phsis) es el principio (arché) y causa (aitía) del movimiento y del reposo de las cosas en que se encuentra inmediatamente, por sí misma y no accidentalmente. La naturaleza es la forma (morphé) y la esencia (eîdos), que sólo pueden separarse en el pensamiento. En cuanto al compuesto de materia y forma, hay que decir que no es una naturaleza, sino un ser natural o por naturaleza, como es el hombre» (Fís., II, 1, 192 b 13-23, 193 b 3-7).
«Naturaleza, en su sentido primitivo y fundamental, es la esencia [ousía, entendida como “sustancia segunda”] de los seres que poseen, en sí mismos, el principio de su movimiento. La materia no es llamada naturaleza sino en cuanto es capaz de recibir este principio; e igualmente el devenir y el crecimiento reciben el nombre por ser movimientos procedentes de este principio. La naturaleza, en este sentido, es el principio de movimiento de los seres naturales, inmanente a ellos, en potencia o en acto» (Met. V, 4, 1015 a 13).
Por lo tanto, la naturaleza de los llamados “seres naturales” es su forma, pero entendida como principio último o causa del movimiento de las sustancias corpóreas. Es un principio inmanente al ser natural: éste posee en sí mismo el principio radical de su desarrollo y de sus transformaciones. Por eso la sustancia aristotélica no es algo estático, sino un ser en desarrollo, en devenir, en perpetuo proceso de realización desde dentro de él mismo, desde su propia naturaleza. Esto vale especialmente para los seres vivos: Aristóteles toma como modelo de la realidad a los organismos vivos, y su pensamiento es fundamentalmente biológico.
2. Las cuatro causas (aitia, aitía): Sólo adquirimos conocimiento científico de algo cuando conocemos sus causas. La Física se ocupa de establecer las causas de los seres naturales. La causa o principio radical de cada cosa es su propia naturaleza. Aristóteles afirma que es precisamente analizando la noción de «causa» donde mejor podemos captar el aspecto dinámico del ser. Todo lo que llega a ser tiene una causa. Según Aristóteles, «causas son todos aquellos factores que son necesarios para explicar un proceso cualquiera». Las críticas de Aristóteles a los filósofos anteriores obedecen al hecho de que la mayoría se fijaron sólo en una causa (Tales de Mileto en el agua, Heráclito en el fuego, Anaxímenes en el aire y Empédocles en fuego, aire, tierra y agua). Platón habló de dos causas, la formal (las ideas) y la material, pero estableciendo un abismo entre una y otra y dejando la forma, las ideas, fuera de las cosas. Aristóteles, sin embargo, pensaba que era preciso ampliar la propia noción de “causa” para incluir todos sus aspectos. Valga este texto:
«Que hay causas es algo evidente. […] Puesto que existen cuatro causas, la tarea del físico es conocerlas todas ellas. Por eso el físico, para indicar el “¿por qué?” según las exigencias de la Física debe explicitar estas cuatro causas: la materia (hylé), la forma (eîdos, sinónimo de morphé), el motor (t? ??vesav) y la causa final (sinónimo de télos). En muchos casos tres de estas causas se reducen a una sola: porque la esencia y la causa final son una sola cosa, y el origen próximo del movimiento se identifica con ellas» (Fís. II, 7, 198 a 14-15 y 22-26).
Por lo tanto, son cuatro causas en total: 1) causa material (la madera con la que está hecha una mesa); 2) causa formal (la forma de la mesa); 3) causa motriz o eficiente (el carpintero) y causa final (utilizarla para apoyarse). Por causa material se refiere Aristóteles a un sustrato indeterminado que puede recibir cualquier forma, en principio. La causa formal es lo que hace que la materia indeterminada pase a ser algo determinado. Se identifica con la esencia y con la naturaleza. Tanto la causa material como la formal son intrínsecas. La eficiente es lo que provoca los movimientos, cambios o transformaciones. Y la final es lo que da sentido a la acción del agente, el fin al que apunta el cambio. La eficiente y la final son extrínsecas.
La causa final no fue objeto de reflexión para ningún filósofo anterior, según Aristóteles, por lo que él sólo considera suficiente su noción de causa.
3. El movimiento (metabolh, metabolé): Aristóteles considera algo evidente, conocido por experiencia, que todos los seres naturales están en movimiento. Por eso si ignoramos qué es el movimiento nunca podremos saber qué es la naturaleza. Distingue diversos tipos de cambio o movimiento:
(i) Sustancial: generación (génesis, origen, producción) y corrupción de la sustancia.
(ii) Accidental: Movimiento:
• cuantitativo, en función de la cantidad: crecimiento y disminución.
• cualitativo, en función de cualidades: alteración.
• locativo, en función del lugar: traslación.
Aristóteles tiene en cuenta que otros filósofos intentaron explicar la naturaleza según un sistema de “contrarios”: amor-odio (Empédocles), lleno-vacío (Demócrito), par-impar (pitagóricos), etc. Aunque iban bien encaminados, no considera suficiente apelar a elementos opuestos para explicar el cambio. No entiende cómo un elemento puede transformarse en su contrario (más que transformarse se destruiría si lo hiciera). Para explicar satisfactoriamente el movimiento creyó necesario recurrir a un tercer elemento: el sujeto de los contrarios. Así, el movimiento queda explicado a partir de tres principios: [1] el sujeto (_po???µevov, hipokéimenon), [2] la forma y [3] la adquisición de la forma nueva (o privación de la anterior). Esto significa que en todo movimiento hay algo a lo que afecta el cambio (el sujeto del cambio o la “transformación”), que adquiere una nueva forma, dejando de tener su forma anterior (privación). Aristóteles expresa también esta idea en términos de acto-potencia. Por lo tanto, la “privación” no es simplemente no-ser, sino un no-ser relativo: es el “poder-ser” (potencia) de un sujeto. De esta manera intenta Aristóteles superar la oposición parmenídea entre “no-ser” y “ser”, desde la cual era imposible comprender el movimiento. Pero la concepción aristotélica del movimiento es teleológica: todos los seres se mueven o cambian hacia su propia perfección (adquiriendo la “forma”).
En sus propias palabras, el movimiento es «el acto (enteléchia) de lo que está en potencia en cuanto está en potencia» (Fís. III, 1, 201 a 10). Esta formulación ya sugiere que para Aristóteles no resultaba fácil comprender la esencia del movimiento, ya que no es ni acto ni potencia, sino una especie de «acto incompleto»: es la actualización de lo que está en potencia, mientras sigue estando en potencia. Cuando la potencia se ha actualizado plenamente (y el sujeto está en acto perfecto), cesa el movimiento. Si el sujeto está en pura potencia, aún no está en movimiento (no ha comenzado a moverse).
Por lo tanto, el movimiento es una especie de realidad intermedia: «Todo cambia desde el ser en potencia hasta el ser en acto» (Met. XII, 3, 1069 b 15). En fórmula típica para expresarlo, aunque no sea aristotélica: «El movimiento es el paso de la potencia al acto».
4. El primer motor: En el último libro de la Física Aristóteles afirma que el tiempo y el movimiento son eternos. Es imposible rastrear la cadena de generaciones que dieron lugar a los seres vivos, porque se remonta hasta el infinito. Tampoco tendrán fin, una vez iniciados el movimiento y el tiempo. Sin embargo, Aristóteles considera necesaria la existencia de un primer motor, causa del movimiento eterno del cosmos. Así, puesto que el movimiento es el paso de potencia a acto, debe haber un motor (??v?t???v, kinetikón) cuya energía o atracción haga pasar al móvil de la potencia al acto, que ya posea en acto aquello que el móvil sólo posee en potencia.
El principio es claro: «todo lo que se mueve es movido por otro» (Fís. VII, 1, 241 b 24). Si el motor mueve porque a su vez es movido por otro motor, tendremos que remontarnos hasta el principio de la cadena, un primer motor que sea inmóvil (que no necesite ser movido por nada) pero que sea causa de todo el movimiento del mundo, que es eterno aunque tenga su origen en este primer motor. No es una idea contradictoria, puesto que el primer motor mueve al mundo desde toda la eternidad.
En diferentes fragmentos Aristóteles aplica al primer motor la idea de causa eficiente. Sería un motor en contacto inmediato con la última esfera, en los límites del cosmos, y al moverla ésta arrastra a todas las demás esferas interiores. Pero la esfera última del cosmos no entra en contacto físico con el primer motor, porque carece de extensión. No obstante, hay otro pasaje (Metafísica, libro XIII) donde afirma que el primer motor mueve como causa final, como “objeto de amor o de deseo”. Aquí el primer motor aparece claramente separado del mundo, entendido como “puro acto”, absolutamente inmaterial, como un ser vivo, feliz y autosuficiente. Aristóteles entiende aquí a Dios como una inteligencia que sólo se piensa a sí misma (Met. XII, 7).
5. La cosmología: Tiene algunas cosas en común con la de Platón. Pero la manera en que Aristóteles la expuso y su verosimilitud, de acuerdo con los conocimientos naturales de la época, fue lo que la mantuvo vigente durante toda la Edad Media, hasta la revolución científica del Renacimiento. Sus características fueron:
1º. «Esencialista»: Todas las explicaciones apelan a la «naturaleza» o «cualidades» inmanentes de los cuerpos físicos.
2º. «Teleológica»: El concepto de «finalidad» era fundamental en todas las explicaciones, puesto que el motor inmóvil mueve como causa final. La finalidad de los movimientos naturales es la realización de la propia «forma» o «naturaleza».
3º. «Dualista»: Aristóteles sustituye el dualismo platónico (Ideas-cosas) por otro: el mundo supralunar (perfecto, «divino» e incorruptible) y el mundo sublunar (imperfecto y corruptible).
4º. «Deductiva», no empírica: Afirma que el cielo es una esfera porque la esfera -figura perfecta- es la más apropiada para los cuerpos celestes.
Aristóteles elaboró su cosmología en los comienzos de su obra. Se encuentra en el diálogo Sobre la filosofía (donde se distancia de la cosmología platónica y habla del éter y del carácter eterno e indestructible del cosmos) y en los tratados Sobre el cielo y Sobre la generación y la corrupción, en los que distingue claramente dos regiones del cosmos:
[1] El mundo supra-lunar: Concibe a los astros como seres animados, no sometidos a corrupción ni generación, estando su cuerpo hecho de un «quinto elemento» eterno e incorruptible, el éter (etimológicamente significaba «lo que siempre fluye»). Los cuerpos celestes tienen un movimiento perfecto: circular, eterno, regular. Cada astro está colocado en una esfera de éter movida por un motor inmóvil. Por lo tanto, junto al primer motor inmóvil que mueve el primer cielo o primera esfera, hay tantos motores inmóviles (probablemente subordinados al primero) como esferas celestes. El universo es finito -está encerrado en la esfera última de las estrellas «fijas»- y en él no existe el vacío. En esto Aristóteles adoptó la teoría de Eudoxo de Cnido y Calipo, que hablaban de 33 esferas para explicar el movimiento de los astros. Pero se vio obligado a añadir otras 22 girando en sentido contrario para contrarrestar el movimiento de las 33 primeras. La Tierra estaba en el centro de este sistema. Es una esfera inmóvil, a la que atribuyó un tamaño muy inferior al real.
[2] El mundo sub-lunar es el escenario de la generación y la corrupción. Son cuatro los elementos que figuran en la composición de todas las cosas, distintos de los de Empédocles. Tienen una materia común, y sus diferencias dependen de la combinación de cuatro pares de cualidades: cálido-seco (fuego), cálido-húmedo (aire), frío-húmedo (agua) y frío-seco (tierra). Estos elementos pueden engendrarse mutuamente, por lo que no son eternos. El movimiento típico de las cosas en el mundo sublunar es el rectilíneo, no el circular, y siempre hacia arriba o hacia abajo. Ese movimiento no se debe a ninguna fuerza o atracción (no admite la idea de «acción a distancia»); se trata de un movimiento o tendencia «natural», es decir, debido a la naturaleza (physis) de los elementos. Así, el fuego y el aire son ligeros, se mueven por su propia “naturaleza” hacia su lugar natural: el cielo. La tierra y el agua se mueven hacia abajo porque son pesados, tienden hacia el centro de la tierra (su lugar natural).
En definitiva, Aristóteles tiene una concepción jerárquica del universo:
a) Primero están los seres inmateriales e inmóviles: el primer motor y los motores inmóviles de las esferas.
b) Luego los seres materiales pero incorruptibles y eternos: el primer cielo, las esferas de los astros y los astros, todos ellos compuestos de éter.
c) Por último, los seres corruptibles, compuestos de los cuatro elementos, que hacen de «intermediarios» entre la materia común (”materia primera”) y la forma. La forma representa la esencia y la especie, y es eterna. Sólo mueren y desaparecen los individuos.










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